Justo ahora me acabo de dar cuenta de algo colosal: Yo nací para escribir.
No se trata de pensar que mi prosa es soberbia o que mi estilo es inigualable. Eso, además de falso, sería caer en vanidades sin sentido. Lo que yo quiero decir es mucho más sencillo y fundamental: Yo no podría vivir sin poder escribir. Aún cuando mi narrativa es floja, inacabada; aún si cometo errores y escribo cosas que no trascienden. Hoy me di cuenta de que las palabras fluyen desde mi alma hacia mis dedos y hacia la hoja en blanco, no por inspiración, ni por disciplina, sino por necesidad.
Yo no se expresar lo que existe en mi alma si no lo hago a través de la escritura. Cuando uso mi voz para tratar de explicarlo, me encuentro con una persona enmascarada, prudente, temerosa, distinta a mí. Mi cabeza elabora discursos conmovedores que se convierten en tres frases sin sentido cuando llegan a mi boca. Eso no sucede cuando me siento en silencio, precioso silencio, y lo vierto todo en una página. Mis ideas salen al mundo real convertidas en hermosas y concretas oraciones, florecen frente a mis ojos, dan vueltas, bailan, les crecen alas de mariposa y revolotean encima de mí, son justo como las quiero, ni más ni menos.
Sin embargo, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Muchas cosas me han sucedido, buenas, malas, tristes, felices, y no he encontrado ni me he dado el tiempo para plasmarlas en papel. Sentí en varias ocasiones la fuerte necesidad de hacerlo, pero no lo hice. Llevada por la rutina y por un nuevo ritmo de vida más demandante. Dejé mis palabras encerradas hasta que no pudieron más y me exigieron salir a jugar un rato.
Ahora las veo frente a mí, bailando otra vez, diciendo justa y exactamente lo que pienso y soy actualmente. Están enojadas conmigo –yo estoy enojada conmigo- por haberlas olvidado de esa forma. Por haber preferido extrañarlas en vez de acudir a ellas. Y más me enoja tener que liberarlas por necesidad. Hoy sentí la tremenda y casi angustiante necesidad de escribir, de sacar todo a gritos de tinta, todo esto que siento y que no entiendo, que no puedo explicarme ni explicarle a nadie. Tuve que sentarme a escribir, casi con lágrimas, pidiéndome perdón por abandonar ese único hogar hecho de letras en el que me siento satisfecha de mí.
Tengo miedo de perderme en la rutina, de convertirme en una cifra, en un horario, en un presupuesto, en un plan. En estos momentos siento como si la persona que escribe y la persona que esta sentada frente al teclado de una oficina gubernamental, cada vez se alejan más una de la otra. Tengo miedo de estarme perdiendo en estos momentos un mundo gigantesco que me está esperando, un millón de historias que están ocurriendo sin que yo me entere, una vida distinta, etérea.
No me siento infeliz en donde estoy, mi trabajo no me agobia, al contrario me satisface, mi realidad es una buena y prometedora realidad. Tengo todo lo que pudiera necesitar, sin embargo hay algo más, no se que es, algo que me falta. Y no es amor, porque a ese lo he pillado hace unos meses, y me ha cambiado el mundo, me ha dado tanto y en tan poco tiempo, me ha regresado la sonrisa al rostro, me ha devuelto el pulso. Dicen que el amor lo es todo, que después de él no hace falta más: ni riquezas, ni poder, ni fama. El amor llena todo a su alrededor como el aire que inunda todos los espacios.
Pero en estos meses que he dejado que el amor, el trabajo, los proyectos y la vida diaria llenaran el espacio que las letras, los ensueños y mis reflexiones ocupaban en mi mundo, me he sentido incompleta, y hasta hoy no me había percatado de ello. Tenía hambre de letras.
Sin ellas no soy nada, no puedo ser nada, yo estoy hecha de palabras, de razonamientos, de frases y de versos. En el mundo de carne y hueso soy diminuta, transparente, a ratos soy gris, insegura y nerviosa, corta de expresión, pequeña, sí, pequeña...No así en mi mundo escrito, donde soy grande, un gigante, profunda como el mar, decidida, convincente, seductora. Quien me mira y me lee no podría creer que yo fui la autora. No porque lo que escriba sea maravilloso o indispensable, sino porque es difícil pensar que una mujer joven –tan joven aún-, consentida por su familia, sin experiencia ni sufrimientos reales, pueda pensar cosas que ni siquiera es capaz de explicar a viva voz sin sentirse intimidada. ¿Cómo podría una hormiga llevar a cuestas un elefante?
Dentro de mi pluma hay una fuerza que transporta tantas cosas que ni yo misma se de dónde vienen, como una varita mágica, convierte a los ratones en corceles, soluciona problemas, cura tristezas, reconforta. La palabra vive en mí, o yo vivo en la palabra. No lo se.
Hoy me reconcilio con esa pluma, porque ella y yo tenemos que ser siempre una. Porque sin ella no sabría como enfrentarme al mundo, no sabría como decir lo que siento, no podría verter ese torrente de ideas y de locuras que me ahoga y me demanda ser liberado.
Yo se que no ganaré un centavo escribiendo, no me interesa cobrar por el privilegio de hacer lo que más amo; se que no voy a ganar premios porque no los ambiciono, que escribo para mí y para nadie más, que mis reflexiones no fueron hechas para un público, para los aplausos. Son sólo pequeños trozos de mi alma, pequeños fragmentos de algo más que no comprendo aún, de algo más que habita dentro de mi, de ese algo que flota por encima de todo y de todos, algo intangible, lo que le da sentido a las cosas. Hoy escribo convencida de que es ahí en las palabras, donde existo de verdad, y no el mundo.
El caldero de Baba Yaga
Baba Yaga saluda al que ha venido a parar a este sitio, hogar de la bruja; adelante, extranjero. Sólo recuerda qué es lo que buscas, de dónde vienes y adónde vas...
miércoles, 25 de mayo de 2011
martes, 8 de diciembre de 2009
Arrieros
Pocas veces en la vida nos detenemos a examinar la senda que pisamos. Machado sí lo hizo al parecer, y nos devolvió ese gran verso de "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar".
Mirar el suelo es algo que a lo mejor hacemos a diario, pero jamás nos ponemos a pensar sobre ese suelo, de dónde viene, a dónde va.
Este día quisiera hacer una reflexión sobre el camino, ya que me encuentro en un momento en el que la senda no es muy clara, pero los pasos sí son firmes.
Cuando somos niños el camino es eterno, ni siquiera estamos concientes de que lo estamos transitando, el mundo es un patio de juego, las pequeñas dichas son el pan de cada día, la simplicidad no le deja espacio a la angustia, todo es de colores.
Sin embargo crecemos un poco más, y la vida deja de ser simple, se vuelve un drama en el que somos los incomprendidos protagonistas, esperando desesperadamente la adultez.
Y como todo en esta vida, la adultez -que no forzosamente madurez- llega a nosotros, disfrazada de responsabilidad, de deudas, de desempleo, de ansiedad, de soledad a veces, y entonces nos arrepentimos de no haber jugado lo suficiente cuando
tuvimos el tiempo.
Ese limbo entre la perdida infancia y la temida vejez, ese trecho llamado edad adulta, es la etapa en la que la vida, en su esencia, se desarrolla y alcanza su clímax.
Hoy hablo desde la mismísima entrada a ese mundo tan doloroso como feliz, en la víspera de una nueva etapa conocida como independencia, mezclando en el mortero tanto el miedo como la emoción, convencida de que lo que viene, no es ni bueno ni malo, sino lo que tiene que ser. Así es como debe de ser, y sólo depende de con qué ánimo, prudencia y determinación vivamos, el que nos parezca la etapa más terrible, o la más grata.
La vida es tan corta y nosotros en cada etapa -excluyendo la bendita infancia- no paramos de quejarnos y de extrañar las etapas que no pudimos disfrutar del todo por estarnos quejando entonces. Ya Lehnon dice que "La vida es lo que te sucede mientras estas ocupado haciendo otros planes". Entonces dejemos los planes y dediquémonos a vivir, simplemente a vivir, antes de que la vida se nos vaya. Hagamos lo que se pueda con lo que se tenga, y dejemos lo que no se tiene en paz, pues nunca será nuestro.
Tener miedo es normal, el miedo está ahí para recordarnos lo mucho que vale todo aquello que poseemos, el miedo se encarga de hacernos más fuertes. El valiente no es el que no conoce el temor, sino aquél que siente miedo y aún así camina hacia su destino.
Deberíamos aprender más de los niños, que sin saber nada, todo aprenden, y día a día se arriesgan a experimentar todo un mundo de cosas nuevas. Que a pesar del miedo a las caídas desean caminar y también correr, que apenas hablan a medias, sin miedo al ridículo, para hacerse entender, para hacerse escuchar. Esos niños que no odian, ni añoran, ni envidian, solo viven su presente, y ríen, aun cuando los veamos con los más pobres vestidos y en las condiciones más adversas, ríen de nosotros, son mejores. Todos deberíamos ser niños, espejos de luz, ajenos a los malos sentimientos, y dispuestos a vivir cualquier aventura que se nos presente.
Una actitud así es la que podría transformar nuestra dura adultez en un éxito(sin que esa palabra tuviera algo que ver con logros económicos o académicos). El que sabe reir y levantarse, el que sabe dar el primer paso, el que sabe extender primero la mano, ese es el vencedor y ya no necesita más, pues se ha vencido a sí mismo, es su dueño. El que al ir por el camino se detiene y al darse cuenta de todo lo que ha recorrido y todo lo que le falta, sonrie, ese hombre ya no va más por el camino, pues le han crecido las alas y ahora puede volar a donde él quiera, al infinito.
Mientras tanto, es bueno saber que no vamos solos, que siempre hay otro caminantes en la vereda, con los que podemos hablar y compartir, y alegrarnos de que la vida es buena, que "arrieros somos, y en el camino andamos", y eso está bien...
Mirar el suelo es algo que a lo mejor hacemos a diario, pero jamás nos ponemos a pensar sobre ese suelo, de dónde viene, a dónde va.
Este día quisiera hacer una reflexión sobre el camino, ya que me encuentro en un momento en el que la senda no es muy clara, pero los pasos sí son firmes.
Cuando somos niños el camino es eterno, ni siquiera estamos concientes de que lo estamos transitando, el mundo es un patio de juego, las pequeñas dichas son el pan de cada día, la simplicidad no le deja espacio a la angustia, todo es de colores.
Sin embargo crecemos un poco más, y la vida deja de ser simple, se vuelve un drama en el que somos los incomprendidos protagonistas, esperando desesperadamente la adultez.
Y como todo en esta vida, la adultez -que no forzosamente madurez- llega a nosotros, disfrazada de responsabilidad, de deudas, de desempleo, de ansiedad, de soledad a veces, y entonces nos arrepentimos de no haber jugado lo suficiente cuando
tuvimos el tiempo.
Ese limbo entre la perdida infancia y la temida vejez, ese trecho llamado edad adulta, es la etapa en la que la vida, en su esencia, se desarrolla y alcanza su clímax.
Hoy hablo desde la mismísima entrada a ese mundo tan doloroso como feliz, en la víspera de una nueva etapa conocida como independencia, mezclando en el mortero tanto el miedo como la emoción, convencida de que lo que viene, no es ni bueno ni malo, sino lo que tiene que ser. Así es como debe de ser, y sólo depende de con qué ánimo, prudencia y determinación vivamos, el que nos parezca la etapa más terrible, o la más grata.
La vida es tan corta y nosotros en cada etapa -excluyendo la bendita infancia- no paramos de quejarnos y de extrañar las etapas que no pudimos disfrutar del todo por estarnos quejando entonces. Ya Lehnon dice que "La vida es lo que te sucede mientras estas ocupado haciendo otros planes". Entonces dejemos los planes y dediquémonos a vivir, simplemente a vivir, antes de que la vida se nos vaya. Hagamos lo que se pueda con lo que se tenga, y dejemos lo que no se tiene en paz, pues nunca será nuestro.
Tener miedo es normal, el miedo está ahí para recordarnos lo mucho que vale todo aquello que poseemos, el miedo se encarga de hacernos más fuertes. El valiente no es el que no conoce el temor, sino aquél que siente miedo y aún así camina hacia su destino.
Deberíamos aprender más de los niños, que sin saber nada, todo aprenden, y día a día se arriesgan a experimentar todo un mundo de cosas nuevas. Que a pesar del miedo a las caídas desean caminar y también correr, que apenas hablan a medias, sin miedo al ridículo, para hacerse entender, para hacerse escuchar. Esos niños que no odian, ni añoran, ni envidian, solo viven su presente, y ríen, aun cuando los veamos con los más pobres vestidos y en las condiciones más adversas, ríen de nosotros, son mejores. Todos deberíamos ser niños, espejos de luz, ajenos a los malos sentimientos, y dispuestos a vivir cualquier aventura que se nos presente.
Una actitud así es la que podría transformar nuestra dura adultez en un éxito(sin que esa palabra tuviera algo que ver con logros económicos o académicos). El que sabe reir y levantarse, el que sabe dar el primer paso, el que sabe extender primero la mano, ese es el vencedor y ya no necesita más, pues se ha vencido a sí mismo, es su dueño. El que al ir por el camino se detiene y al darse cuenta de todo lo que ha recorrido y todo lo que le falta, sonrie, ese hombre ya no va más por el camino, pues le han crecido las alas y ahora puede volar a donde él quiera, al infinito.
Mientras tanto, es bueno saber que no vamos solos, que siempre hay otro caminantes en la vereda, con los que podemos hablar y compartir, y alegrarnos de que la vida es buena, que "arrieros somos, y en el camino andamos", y eso está bien...
sábado, 7 de noviembre de 2009
MANU CHAO "Me Llaman Calle"
Esta canción de Manu Chao fue el tema principal de la película Princesas (España, 2006), que retrata el mundo de la prostitución. La letra habla por sí sola...
martes, 3 de noviembre de 2009
Silvio Rodriguez - Fernandez Retamar
Este duo poesía-canción forma parte del concierto que Silvio Rodríguez ofreció hace poco en el Auditorio Nacional, juntando sus bellas canciones con la inigualable obra del poeta cubano Roberto Fernández Retamar. La poesía se llama Aniversario, y la canción, Te amaré.
domingo, 11 de octubre de 2009
OSHO- Sobre la vida
La vida carece de importancia en sí misma. Sólo es significativa si eres capaz de cantar una canción a lo eterno, si puedes liberar un poco de fragancia divina, un poco de eternidad; si eres capaz de convertirte en una flor de loto, inmortal y eterna. Si aprendes a convertirte en puro amor, si eres capaz de embellecer esta existencia, si puedes convertirte en una bendición para esta existencia, solamente entonces la vida tiene significado; en caso contrario, no tiene sentido. Es como un lienzo en blanco: puedes cargar con él durante toda tu vida y morir aplastado bajo su peso, pero ¿para qué? ¡Pinta algo en él!.
Tú has de darle significado a tu vida; ese significado no te es dado. Se te ha dado libertad, se te ha dado creatividad, se te ha dado la vida, se te ha dado todo lo necesario para que le confieras un significado. Te han sido proporcionados todos los ingredientes esenciales para su significado, pero ese significado no te ha sido dado. Tú has de crearlo. Tú mismo te has de convertir en creador.
Y cuando tú mismo te conviertes en creador, participas de Dios, formas parte de Dios.
(OSHO)
Tú has de darle significado a tu vida; ese significado no te es dado. Se te ha dado libertad, se te ha dado creatividad, se te ha dado la vida, se te ha dado todo lo necesario para que le confieras un significado. Te han sido proporcionados todos los ingredientes esenciales para su significado, pero ese significado no te ha sido dado. Tú has de crearlo. Tú mismo te has de convertir en creador.
Y cuando tú mismo te conviertes en creador, participas de Dios, formas parte de Dios.
(OSHO)
martes, 15 de septiembre de 2009
Казачья Колыбельная Песня- (canción de cuna cosaca)
Esta canción se llama Duerme niño mío, y fue escrita por Mikhail Lermontov, famoso poeta ruso, alrededor de 1837. Es el canto de una mujer cosaca a su pequeño hijo, en la que le pide que duerma y descance ahora, ya que cuando crezca será un guerrero valiente y se alejará de ella. La expresión "bayushki bayu" es lo que las madres rusas usan para cantar a sus hijos un arrullo, es sólo una frase suave que no tiene significado alguno.
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viernes, 28 de agosto de 2009
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